Marca o brand para escritores

Hace algo más de una década un grupo de jóvenes o no tan jóvenes autores, iniciaron un periplo que a mi juicio ha marcado un antes y un después en la industria editorial: la autopublicación. La oportunidad se daba y la gran industria de la logística americana, Amazon, descubrió y facilitó antes que nadie ese nicho de mercado.

Esos “indies” inventaron un marketing improvisado y barato, y empezaron a hacer intuitivamente, en la mayoría de los casos, marca

Esos “indies” inventaron un marketing improvisado y barato, y empezaron a hacer intuitivamente, en la mayoría de los casos, marca. No voy a citar ejemplos para evitar acusaciones de favoritismo. Lo cierto es que a su alrededor fueron capaces de movilizar o, al menos revitalizar, las redes sociales con contenidos literarios. A su sombra crecieron blogueros, círculos de lecturas, youtubers, grupos de redes… Y algunos de ellos consiguieron incluso el mítico bellocino de Oro o el bálsamo de Fierabrás: después de una década y una gran cantidad de novelas publicadas, vivir de su creación aunque modestamente. O no. Toda esa movilización de redes les permitió crear marca, o brand como dicen los inventores de las reglas del libre mercado.

Y no se me rasguen las vestiduras: Gabo es marca, Vargas Llosa o Cela son marca, Reverte es marca. Cada uno de esos nombres son fácilmente identificables con un estilo literario, una forma específica de contar historias o narrar, y una forma de ser o de vivir. Quizás no tengan sabor, olor o tacto para la mayoría de sus lectores, pero tienen un marchamo bien definido. Y no lo duden, detrás de ellos alguien fabricó, formó o materializó, me da igual cómo deseen definirlo, esa marca.

Algunos autores opinan que la creación literaria no está sujeta a las leyes del mercado, que es una cuestión de méritos, de calidad

Algunos autores, desconozco si muchos o pocos, opinan que la creación literaria por ser eso: una labor creativa, no está sujeta a las leyes del mercado, que es una cuestión de méritos, de calidad y que los que se someten a esa dictadura son poco menos que unos vendidos.  El romanticismo de la bohemia vence al vil metal. Y la ficción literaria ha alimentado con gran pasión esa mítica.

Las editoriales conocen lo caro que es y el tiempo que cuesta el branding, hacer una marca. Así que le dedican un porcentaje muy limitado a cada autor según la previsión de ventas y no les sacan de ahí ni azuzándoles con cal viva. Han dejado que el libre albedrío de la oferta y la demanda, realice la selección natural. Y a esa apuesta, que  comparo a la de una ruleta rusa, se ha abandonado el talento de buenos autores.

El autor indie, y la gran mayoría de los escritores, tienen delante de sus narices un nuevo reto: coger una vez más las riendas de su destino y asimilar que los tiempos han cambiado

El autor indie, –y en general la gran mayoría de los escritores–, tiene delante de sus narices un nuevo reto: coger una vez más las riendas de su destino y asimilar que los tiempos han cambiado, y que la competencia ha incrementado por n (número exponencial indefinido). Pero que a favor tienen que un libro digital no tiene gastos de distribución, apenas gastos de comercialización y venta, y la edición, maquetación y diseño se realiza hoy en día a un precio económico con calidad profesional.  Así que como Hamlet se enfrentan a un tremendo dilema: o se ajustan a las leyes del mercado, planifican estrategias, establecen objetivos e invierten en sus productos; o se quedan en la taberna de Facebook como algunos agricultores de secano a la espera de que el tiempo cambie y llueva cuando tiene que llover.


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